El que escribe estas líneas nació en la España democrática de 1983. ¿Y eso qué significa? Que se ha comido todas las reformas educativas posibles cuyo único objetivo era el atontamiento de las futuras generaciones. ¿Alguien de mi quinta en la sala recuerda haber dado historia de España a partir de 1936, algo después de la segunda república? ¿No? ¿Nadie? Ya, estaba al final del libro y cuando se acababa el curso nunca se llegaba, qué curioso… A veces sí se tocaba algo de manera superficial, MUY superficial.

No echo la culpa a las reformas educativas de mis fracasos escolares, yo solito puse todo de mi parte para convertirme en una bala muy perdida, hasta que decidí que quería hacer esto mismo que ahora practico, escribir. Dejando a un lado mis asignaturas suspensas, quien siempre ha tenido una pendiente es el estado con la historia reciente de España. La serie de televisión “Cuéntame”, pese a su exceso de amabilidad y una explotación de la nostalgia llevada a límites excesivos, ha enseñado más historia de la España dictatorial de posguerra que cualquier instituto.

Pero si dentro de este vacío en la educación hay un capítulo que destaca sobre el resto en lo que a olvido se refiere, es el colonialismo español durante la dictadura de Franco. A muchos Ifni, escenario de este cómic, ni les suena. La marcha verde puede que se haya nombrado en alguna casa con familiares que la vivieron, pero en general poco más.

El cómic de Jaime Martín “Las guerras silenciosas” nos introduce de lleno en la mili de su padre en Ifni (región del Noroeste africano) en 1962, cuatro años después del alto el fuego de una guerra por el territorio entre España y Marruecos, que para los españoles de la época ni siquiera existió. Como su autor explica perfectamente en una pequeña introducción previa al cómic, la guerra de Ifni nunca fue declarada ni finalizada oficialmente. El NO-DO informaba de ella con cuentagotas calificándola de “Incidente”, “Revuelta de bandidos” o “guerrita”.

RÉPLICA DE JAIME MARTÍN:
Mi padre me comentaba que con los amigos solía hablar de lo extraño que les resultaba la cantidad de chavales a los que les tocaba ir a aquel territorio. No tenían ni idea de la guerra que se había librado en aquel lugar un par de años antes. Sólo algún recluta procedente del ámbito universitario, cuando ya estaban de camino a Ifni, les informó de los rumores que corrían por las aulas. Iban a hacer una mili muy “especial”. La guerra podía volver a iniciarse en cualquier momento.

Hasta el alto el fuego del 58, en el bando español hubo 198 muertos, 574 heridos y 80 desaparecidos, no existen datos exactos de las bajas en el bando marroquí. La población española no supo nada de este conflicto hasta después de la muerte de Franco. Los reclutas desconocían que allí se había librado una guerra de verdad que no estaba oficialmente terminada, sino en situación de alto el fuego.

Viñeta Jaime Martín en las guerras silenciosas

La historia arranca con el propio autor frente a la pantalla en blanco de su ordenador tratando de vencer un bloqueo de escritor, sin conseguirlo. Está perdido tratando de decidir qué nueva historia contar. Una comida familiar pondrá en sus manos el diario que su padre escribió en la mili de la forma más particular: diciéndole que sobre eso va a ir su próximo trabajo para que el cabeza de familia no se arranque a contar por enésima vez sus batallitas de la mili. Al comenzar a leer las memorias militares, Jaime verá que la historia da para mucho, como tendrá el placer de comprobar el lector.

A partir de este punto el relato se mueve alternativamente en dos líneas narrativas bien definidas que se van intercalando:  El pasado de sus padres y el presente.

En la realidad actual el autor le va dando forma a la propia historia que nos está contando introduciéndose en ella como narrador y personaje al mismo tiempo. Algo similar a lo practicado por Alison Bechdel en su magnífica continuación de “Fun Home”, “¿Eres mi madre?”, pero en este caso sin hacerlo de una forma tan críptica. Jaime Martín es cercano y directo, hace que sea imposible no empatizar con él, no comprender la relación con sus padres y su empresa de contar las vivencias de estos. Jaime no se moja, directamente se tira a la piscina de cabeza introduciéndose a él mismo y a su entorno en la historia, esto se nota desde la primera página, el álbum rezuma verdad.

El gran peso de la historia recae en la figura de sus padres, obviamente más en su padre al hablar de su mili, pero hablo de sus padres porque se nos presenta su historia conjuntamente como pareja, no solo desde el punto de vista masculino.

“Todo esto… ¿Va a servir para algo?”

En el planteamiento del cómic, que comprende los acontecimientos previos a la mili en la infancia y adolescencia de sus padres, el retrato de la España franquista es fundamental para contextualizar la historia. Sobre todo, cuando el lector no vivió esos años, como es mi caso. Con un barrio obrero de Barcelona como escenario, nos encontramos ante una sociedad en la que una religión acosadora y cruel es el bastón de mando de la dictadura. Un gran hermano moral vigilante, más marcado todavía en el caso de las mujeres, personificadas en la figura de Encarna. La madre del autor vivía en una confusión constante, por un lado su madre la animaba a que no se dejaran pisar por nadie, que le plantaran cara a la vida, por otro, le transmitía la misma línea de pensamiento de mujer sumisa que el régimen. Las adolescentes tenían que tener miedo de los hombres, aunque su única función era prepararse para ser esposas y madres, vamos, un caos mental importante.

El protagonista masculino de esta historia, Pepe (padre del autor) es una buena persona, condenada a pagar incontables peajes desde demasiado joven para conseguir lo que quiere. Un soñador, un chaval pacífico que solo quería casarse con Encarna y trabajar como mecánico. Pero, se topó con un suegro controlador y forofo del boxeo, que lo ponía a dar puñetazos en un ring “para hacer de él un hombre que pudiera defender a su hija” y su sueño de ser mecánico no era posible sin hacer antes la mili. El servicio militar se entendía como un rito iniciático, como matar a un oso para ser parte de la tribu, para ser considerado ciudadano. Sin haber hecho la mili no había posibilidad de aspirar a muchos trabajos. En definitiva, esta es la historia de un chaval pacífico que se ve abocado a la violencia una y otra vez, ya que la sociedad misma se sustentaba en la violencia y el miedo.

Incluso el cortejo mismo rozaba el acoso en algunos momentos. Pese a las buenas intenciones de Pepe, les habían educado para considerar a la mujer como una presa de caza.

En determinados momentos de la obra, es realmente angustiante como estos jóvenes clamaban por algún tipo de alternativa a los valores únicos de la sociedad de entonces, sin tener ninguna posibilidad de encontrar otro referente al que agarrarse. España ideológicamente era hermética y criados bajo estas normas sin conocer otra cosa, en teoría, dichos jóvenes deberían aceptar sin remilgos la realidad y no cuestionarse el sentido o no de los actos a los que la patria los había destinado. Para ellas, ser devotas máquinas reproductivas, para ellos, sumisa mano de obra. La antinaturalidad de un régimen dictatorial contra el propio crecimiento personal, contra el propio crecimiento vital, les hacía estar en un permanente estado de incomprensión hacia lo que se veían obligados a hacer. Es impagable el momento en el que Pepe le pregunta a su padre si todo por lo que iba a tener que pasar, si la mili iba a servir para algo.

Se agradece encontrar personajes tan bien armados en estos tiempos que el efectismo de la acción continua prima sobre la construcción de personalidades interesantes. El conflicto interno de ambos personajes se muestra en un equilibrio perfecto entre el dibujo y la información dada en texto.

Cuando veo una película espero conocer al personaje, saber cómo es su vida, qué le preocupa, ver su lado bueno y su lado menos amable… Aunque sea una película de acción no me basta con los tiros, como bien apuntas. Si voy a acompañar al personaje durante todo su periplo quiero saber con quién voy a viajar.
Siempre me llamó la atención lo bien que se resolvía eso en la serie Los Soprano. Eran unos mafiosos violentos, gente con la que no nos gustaría encontrarnos, pero luego nos mostraban sus intimidades y por arte de magia nos sentíamos cercanos a ellos para, cuando casi los considerábamos gente maja, volver a encontrarnos con el asesino despiadado. Volvía el rechazo y, otra vez, el lado amable y humano. Era como subir a la montaña rusa.

La expresividad de los rostros que el autor plasma en cada viñeta es uno de los principales enganches del álbum.

Me repito, para los que crecimos viendo Barrio Sésamo y fuimos el primer año que se libró de la mili, el contraste con lo vivido por esta generación supone un viaje fascinante.

El acercamiento del hijo al padre en el presente, a través del conocimiento del pasado, es algo que debería practicarse en cada casa española. De alguna manera, la mayoritaria desconexión o falta de interés con el pasado que la gente de mi edad ha practicado hasta hace relativamente poco, es uno de los mayores lastres que tenemos para entender ese extraño y complicado concepto llamado España. Como muestra “Las Guerras Silenciosas”, hacer más corta la distancia generacional es un buen principio para tratar de entender el mundo que nos rodea.

La mili (o el fin de la infancia)

Sí, estoy hablando poco del cómic y divagando mucho, ese es mi sino y así es como va a ser este blog. Y sí, todavía no he hablado del grueso de la historia, que es la mili. No quiero hacer más spoilers de los necesarios, no quiero quitarle al futuro lector ninguna sorpresa, por lo que sólo destacaré algunos detalles interesantes.

El panorama que los reclutas se encuentran en Ifni es desolador; prácticas militares en mitad del desierto llevando un par de alpargatas, fusiles de la guerra civil, condiciones insalubres, hambre, enfermedad, maltrato por parte de los superiores… Y un largo etcétera de calamidades, por no decir de putadas. Pero pese a todo esta historia no se recrea en lo negativo. La camaradería y la amistad entre compañeros en esas condiciones es uno de los pilares de la narración y de forma natural, el humor hace su aparición cuando menos lo esperamos. Sin olvidar el oxígeno y la ternura que aportan las cartas de Encarna, impagable como está resuelta gráficamente su lectura.

Está muy bien representada la atmósfera de absurdo, de situación Kafkiana, a través del campamento militar donde una puerta sin paredes en mitad del desierto señala la entrada al lugar. Esa imagen, es una metáfora perfecta de la presencia española en ese territorio, que solo servía para mantener la idea de que España seguía siendo un imperio colonial bajo el brazo fuerte de Franco.

Te paso una foto del campamento de reclutas.* No se aprecia muy bien, pero si te fijas verás como sólo está la fachada, tras ella las tiendas de campaña en campo abierto. Mi padre me explicaba que no había ni alambrada. Nada de nada. Otro absurdo  más.

*Imagen propiedad del autor.

VIÑETA EN IFNI LAS GUERRAS SILENCIOSAS

No nos enfrentamos a una narrativa convencional en lo que a su trama se refiere. Aparecen personajes que creemos tendrán peso en la historia y al final solo van y vienen ocasionalmente o no vuelven a aparecer. Aparte del protagonista principal y sus dos compañeros, el resto de personajes que parecen no tener peso, son el retrato de una generación entera de españoles, son un protagonista colectivo, son la tripulación del Acorazado Potemkin, pero en este caso sin posibilidad de rebelión. También se abren vías que esperamos sean la trama principal o secundaria de la historia y nos encontramos con que no se cierran o al contrario, se cierran nada más ser planteadas. El mismo autor no consigue unir las piezas del puzle en el desarrollo de la obra y si nos quedáramos en la superficie, el cómic podría llegar a parecer una sucesión de batallitas, pero hay mucho más debajo y además, todo se soporta por un principio muy sencillo: cada información que se nos da es interesante y queremos más aunque no sepamos exactamente a donde nos lleva.

Efectivamente, en esta historia aparecen numerosos personajes cuya intervención es efímera. Los utilizo porque en los cuadernos de memorias de mi padre ya figuraban, y “Las guerras silenciosas” son en gran parte una adaptación de esos cuadernos, pero también porque estas intervenciones son pequeñas píldoras de información que ayudan a matizar la historia.
Por ejemplo, los sacerdotes de la playa refuerzan esa obsesión por controlar la moral (su moral), la sospecha continua, etc. Paquito nos sumerge plenamente en el más absurdo patriotismo, en el sinsentido de enviar a la mili a un chaval con una más que evidente discapacidad mental. Tienen que convertirlo en un “defensor de la patria” y sólo lo devolverán a casa  cuando haya jurado la bandera.
Hay más ejemplos de este tipo de personajes, y todos ellos son igual de importantes, forman parte del engranaje de la historia y al mismo tiempo la enriquecen, vistiéndola con capas de información que nos permite entender mejor el ambiente del relato.

Que nadie se asuste, esto no es “El Almuerzo Desnudo”, no es una ida de olla surreal, la mili está contada de forma lineal y además quien quiera cerrar el círculo, quien quiera una explicación final, que no se preocupe, todo está atado y rematado magistralmente con un epílogo que es una lección de vida.

Respecto al dibujo, un trazo limpio y definido potencia la sensación de veracidad. En algunos momentos de la historia, otros dibujantes habrían optado por un camino más expresionista, más sucio (valga la redundancia) para recrear la suciedad de los cuarteles, por ejemplo. En este caso es al contrario, la claridad y el mimo por el detalle cercano a la ilustración en cada viñeta, potencia el realismo. Los chinches pican, el suelo quema, el calor se siente, huele a pies en las tiendas, a sudor y a otras cosas… cómo clama asqueado uno de los reclutas. El uso narrativo del color para separar espacios y momentos es otro acierto. A excepción de algunos momentos más cálidos de esparcimiento juvenil, la España franquista es generalmente gris, contrastando con un presente de colorido más amplio y variado, más libre. La mili se mueve en la gama cromática amarilla del desierto y esa sensación de verdad de la que hablo, se remata con el uso puntual de fotografías reales de Ifni.

En historieta, no concibo otro uso del color que no sea el narrativo. En la parte de la mili, por ejemplo, el cielo es amarillo porque me interesa llevar al extremo la sensación de sequedad, de calor, de sed… Y sólo en momentos donde se produce un respiro para los personajes, como por ejemplo la escena en que Pepe está en la playa con uno de sus amigos, es donde me permito pintar un cielo azul. Lo que intento con esto es trabajar la narrativa por triplicado: con el guion, el dibujo y el color. Quiero que el lector entre en la historia desde la primera página y si puedo hacer que no la abandone hasta haber terminado el libro, mejor.

Cuando uno acaba de leer “Las Guerras Silenciosas” tiene la sensación de que ciertas cosas a su alrededor encajan un poco más. ¿Qué más se puede pedir?

“Jamas tendré 20 años es el cómic más reciente de Jaime Martín que podéis encontrar en vuestra librería y que comentaré por aquí próximamente.

Todas las imágenes utilizadas son propiedad de Norma Editorial

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