Este artículo es un gran Spoiler y se traiciona a sí mismo cada dos líneas, es posible que sea el peor artículo sobre “Girls” del mundo. (Quien avisa no es  traidor)   

No saber quién es Lena Dunham es el nuevo indicador que confirma que eres mayor, que no estás en la onda. Usar la expresión “No estar en la onda” también deja claro que los años pasan a una velocidad pasmosa frente a tus ojos sin que puedas hacer nada para evitarlo. Otros indicadores de tu crisis de los treinta y pico es que todas tus anécdotas suceden hace diez o quince años, que eres incapaz de asimilar que los adolescentes que se cruzan en tu día a día han nacido en años en los que tú ya vomitabas por las esquinas ebrio de garrafón o intoxicado de drogas de diseño (tampoco nadie dice ya drogas de diseño ¿verdad?), que tu entorno tiene crías humanas, perros, casas con jardín, coches, hipotecas e incluso simpatías por nuevos partidos de derechas, que…

En general, ese es el panorama.

Pues eso, yo no sabía quién era Lena Dunham cuando mis conocidos con criterio (a veces lo tienen pese a ser mis amigos) me preguntaban qué opinaba del, según ellos, decepcionante final de “Girls” y acto seguido al contestarles yo que no podía opinar ni del principio se les desencajaba el rostro porque tenía que verla, porque me iba a encantar, porque me pegaba tanto esa serie.

Cuando me dicen que algo me pega o que me va a encantar, de primeras me echa para atrás. Soy así de idiota, mi primera reacción es pensar que la gente no me conoce en absoluto, que soy un enigma indescifrable con una vida interior compleja y torturada, que nadie tiene ni idea de lo que me va a conmover o por lo menos, a mover algo por dentro. Acto seguido recuerdo que realmente soy más simple que un zapato y hace ya mucho que no finjo lo anteriormente citado y que todo el mundo que me conoce mínimamente lo sabe, así que podría darle una oportunidad a la serie sin comerme tanto la cabeza, pero hay otro problema.

Ya no soporto las series.

Las asocio a habitaciones sin ventilar, a ceniceros llenos por todas partes, a comida saturada de grasas saturadas, a la montaña de basura de los Fraggel viviendo en mi cocina pero sin dar buenos consejos, a sábanas que huelen a rancio y están llenas de migas que se clavan al intentar dormir.

Asocio las series a depresivas épocas de mierda en que las veía sin verlas, desde la cama, un capítulo detrás de otro, una temporada tras otra, hasta las cuatro o cinco de la mañana para despertarme a las once y trabajar desde casa en ese mismo ordenador recalentado, que como era de esperar un día acabó petando, en una suerte de metáfora igual de cutre que la situación. Asocio las series a ese bálsamo mental que me evitaba pensar en mi elefante en la habitación.

Me daba igual “Scrubs”, “Mad Men”, “Breaking Bad” o “Como conocí a vuestra madre”. Ocupaban un espacio de tiempo y más que entretenerme, me distraían, que son conceptos bien distintos. Pero pese a esto, en esa duermevela insomne retenía más información de la que cabría esperar y hasta saqué una conclusión que justifica mi rechazo más allá de la simple asociación depresiva; Siempre sobran capítulos o incluso temporadas enteras.

Lo sé, lo sé, tampoco he descubierto el fuego, pero otro indicador de la crisis de los treinta, a parte de salir a correr disfrazado con más fosforitos que una drag queen en una rave (¿todavía se hacen raves?) es que te agobia no aprovechar bien tu tiempo, porque si haces la cuenta te acercas peligrosamente al ecuador de tu vida o lo has sobrepasado, quién sabe. Y lo que es peor todavía, piensas en el tiempo que ya has perdido y no puedes recuperar, parte de él en temporadas y capítulos de relleno. Aparte, en determinadas series me agota ese efectismo de acabar siempre en alto, en ocasiones con un giro forzado, para que esperes ansioso el siguiente capítulo. Pero la verdad es que aparte de esto no tengo nada en contra de las series, el problema no son las series, el problema soy yo.

En este momento de mi vida solo quiero ver cine, un relato autoconclusivo, nada de trilogías o similares. Entre 90 y como mucho 120 minutos, algo que me deje pensando, un viaje distinto cada día. Como decían los Ramones, la gente no tiene tiempo para aguantar tus mierdas, dáselo rápido y dáselo fuerte para que se vayan a su casa. Obviamente la cita no era así exactamente, pero sí el concepto. En una de estas dos joyas “Retrato de una familia punk” / “End of the century”, se dice esto (o puede que no y me lo esté inventando, todo puede ser)

Hago un paréntesis para decirle un par de cositas a todos aquellos que repiten como un mantra que las series son donde está la calidad y que el cine ha muerto:

1º Esa afirmación de cuñado solo demuestra que no veis mucho cine, no os hace parecer más inteligentes, más bien todo lo contrario.

2º El cine que hay que ver está aquí https://www.filmin.es/

3º “Seriófilo” es el peor neologismo de la historia, suena a pedófilo, por favor no lo uséis hasta que surja una palabra que no atente contra vuestra dignidad.

Así que cuando pregunto cuántas temporadas tiene “Girls” y mis acompañantes me contestan que 6, descarto verla en el acto.

No hace falta decir que ser consciente del tiempo que has perdido tampoco te va a hacer ponerte las pilas y cambiar tu vida, simplemente tomas decisiones absurdas para autoengañarte, como no ver series.

El problema es que había una prescriptora que no paraba de alabar hasta lo insano las bondades de “Girls”, pero que a diferencia de cualquier prescriptor publicitario que solo quiere venderte un producto porque le pagan por ello, ella no paraba de hablar de esta serie porque la amaba, porque le hacía reír y llorar a partes iguales, según se entendía por sus comentarios constantes en redes sociales.

Y a mí ella casi me hace llorar una vez con un sándwich del Rodilla y un Aquarius.

Y a mí ella me hace reír con cada uno de sus vídeos.

Y a mí ella, aunque le pagara la HBO por promocionar “Girls”, me provocaría esta misma curiosidad malsana que me pica como una hilera de hormigas subiéndome por la espalda.

Como no sé cómo va Lenna Dunham de español ¿Quién mejor para hacer la réplica de este artículo que Isa Calderón?

Además, en un campo de nabos como es el mundo audiovisual (y el mundo en general) donde por cada directora\productora\guionista que lo consigue, hay miles de machitos sin nada que contar que también lo consiguen, es moralmente obligatorio darle una oportunidad a una serie con mujeres trabajando delante y detrás de las cámaras.  

Pero, maldita sea…  ¡Seis temporadas! Voy a ver la primera temporada y depende lo que me mueva, decidiré si seguir o no.

Vamos allá.

Pensamientos en alto sobre el Capítulo 1 sin orden ni concierto
  • Primera alegría ¡los capítulos duran media hora!
  • Nada más ver la cara de Hannah devorando a carrillos llenos, me gusta. Me gustan las caras redondas y los mofletes ¿A quién no le gustan las caras redondas y los mofletes? Dan ganas de apretarlos, besarlos, morderlos. En todas las películas americanas hay una especie de adoración por los niños mofletudos, que a mí me parecen siniestros y conspiradores, como un bulldog esperando para arrancarte los dedos de un mordisco, pero un adulto con mofletes es otra cosa. Puede que sea mi incapacidad para que los niños me parezcan adorables cuando dejan de ser bebés. Los bebés son como un perrete, como un cachorrito, los niños sin embargo son siniestros, son demoniacos, son la definición del mal. ¡Vivan los adultos con mofletes, muerte a los infantes con cara de hogaza!
  • La verdad es que el planteamiento de cortarle el grifo a la hija no me interesa lo más mínimo, ya lo he visto demasiadas veces.
  • Debería hacerme gracia la secuencia del despido pero me deja completamente frío, todo es de mentira, parece un sketch más que una secuencia de la serie, no entiendo muy bien este tono respecto al resto.
  • ¡¿Patterson acaba de quitarse el condón?! Valiente hijo de puta. Entiendo que me están presentando a los personajes, pero de momento no me creo absolutamente nada, todo es forzado y antinatural, por no hablar de estos polvos tan falsos. Aunque Adam Driver es quien mejor defiende su personaje por el momento.
  • Hay una tipa obsesionada con Sexo en Nueva York, por lo menos no niegan que esto es una copia de esa serie pero con veinteañeros.
  • ¿Todos van a estar tan arriba siempre? Esta intensidad es agotadora.
  • Colección de tópicos americanos: La guapa manipuladora, la chica gordita acomplejada que suelta frases ingeniosas cada vez que abre la boca, la niña pija bohemia que suda desprecio pero a la que todos adoran (en este caso no entiendo por qué), la monigote superficial de voz aguda, el novio ideal (de momento este es uno de los más interesantes), el amigo graciosete y más mayor sacado de una película de Kevin Smith y el novio maltratador psicológico, pero muy follable.

Y ahora, conclusiones sobre el capítulo 1 con Orden y concierto (solo un poco más)

Esta serie no es para mí, no quiero ver a gente egocéntrica (como yo, porque escribir tus miserias y opiniones de mierda en un blog es el sumun del egocentrismo) con sus problemas vitales de pequeños burgueses (como los míos). Tengo 10 años más que estos personajes (no que estos actores) y las relaciones de pareja a lo “Melrose Place”, las amistades malsanas, las tragedias de los urbanitas a las que les damos demasiada importancia desde los noventa, todo lo que huele a Woody Allen (sus últimos años me aburren soberanamente) o al pseudo cine indie de Juno y similares películas de diálogos vomitivos escritos para gritarle al mundo ¡Mira qué ingenioso soy!, hace mucho que  no me interesan.

Estoy en ese punto de mi vida en el que he pasado de empatizar con algo que tenía (y puede que siga teniendo) algo que ver conmigo, a odiarlo. El infierno no son los otros, el infierno soy yo reconociéndome en los otros.

El mundo está ardiendo y es ahí, donde se centra mi interés.

Y tras esta parrafada, mi primera impresión se resume en que me he quedado frío porque no  me creo nada y lo que menos me creo es que por compartir el baño y dormir juntas, Hanna y Marnie sean amigas. No hay química entre ellas, no hay verdad. Seguramente estoy siendo demasiado duro con el primer capítulo, pero hay una ley no escrita que rara vez se equivoca;

En una serie americana te quedas con la boca abierta viendo el primer capítulo y piensas “Qué pasada, bueno, ya se joderá”

En una serie española ves el primer capítulo y piensas “Vaya mierda, bueno, a ver si mejora”

Así que ver un piloto en conjunto tan anodino, cuando menos, me desconcierta, porque estas leyes son tan fiables como la de la gravedad o que la cola del supermercado en la que te coloques, siempre será la más lenta.

Lo mejor sin dudarlo es la actuación de Lenna Dunham poniendo toda la carne en el asador, literalmente brilla y aunque por momentos la estrangularías por ser una niña mimada egoísta, genera una ternura inabarcable que te hace querer abrazarla por la espalda y besar esos tatuajes de libros infantiles que el gilipollas de su “no novio” desprecia.

Como siempre me pasa cuando alguien dirige, escribe, protagoniza, produce, hace el catering, diseña el vestuario y cubre todos los puestos que una sola persona no debería realizar, tengo la sensación de que todo este piloto sería mucho mejor si ella solo hubiera actuado. Pero, al mismo tiempo ese plano final de Hanna perdiéndose entre la multitud de Nueva York, casi siendo engullida por la ciudad, es una maravilla, es cine en estado puro, es a nivel de imagen lo mejor del capítulo y hace que me pique la curiosidad para ver de qué más es capaz esta mujer orquesta. Pero el problema, es que al mismo tiempo ninguna trama aparte de la relación tóxica me atrae lo más mínimo para seguir viendo la serie y esperando que esta pareja tenga más peso que los demás seres, me aventuro a seguir viendo la serie como un perro apaleado, de esos que cuando te acercas a acariciarlo se aparta apretando los dientes porque no se fía de que no vayan a volver a calentarle.

La idea era escribir sobre la primera temporada capítulo a capítulo, pero me he visto la temporada entera sin tomar una sola nota y hace ya unos cuantos días, así que seguiré con mi “riguroso análisis” de memoria. Este… “método” tiene la desventaja de que no me acordaré de la mitad y cometeré muchos errores, pero tiene la ventaja de que solo lo destacable es lo que se habrá quedado en mi cabeza, bueno… Y algunas tonterías de esas que te acuerdas sin saber muy bien por qué.   

Como sospechaba, en los capítulos del dos al seis, no me interesan demasiado el resto de tramas más allá del eyaculador (verbal y literal) y de su compañera cosificada cual kleenex. Me da igual lo que le pase a Jessa y menos todavía a Shoshona.

En el caso de Marnie lo llevo mucho peor, porque su pánico a estar sola, su cobardía y mezquindad con su novio y con Hannah en momentos como el del diario (simplemente magnífico a nivel de guion) y todas sus aristas que voy descubriendo me encantan, pero, creo que todo está desaprovechado por un error de casting. Este personaje podría ser una maravilla en manos de otra actriz, Marnie es en general demasiado plana. Lo que podría haber pasado si una Chloë Sevigny millenial de veintitantos hubiera hecho este papel.

Entiendo que este grupo está en proceso de desintegración, como suele suceder en ese paso de la vida universitaria al mundo real, pero aun así sigo sin ver esa complicidad que debería haber entre Hannah y Marnie. Para ejemplo un botón:

En general en esta parte hay algunos picos muy buenos como el jefe acosador o la entrevista de trabajo con chiste inapropiado (me sentí tan identificado que fue como tener un déjà vu) pero sigo viendo los capítulos solo porque son cortos y me interesa principalmente Hannah.         

Y de pronto, es en el capítulo 6 donde la serie me seduce, me cautiva, me hace suyo ¡Levantemos el corazón! Lo tenemos levantado hacia Lena, es justa y necesaria, hágase su voluntad en la tierra como en el cielo, ¡Amén!

Este capítulo captura la esencia de lo que supone regresar al hogar. Esa envidia al ver el tamaño de las casas de los que se quedaron en el pueblo siguiendo con el negocio familiar y que ya tienen lo que se supone que debe tener una vida de adulto. Esa nostalgia de tu pasado y al mismo tiempo la desconexión total con tu antigua habitación, tu hogar y sobre todo, tus compañeros de instituto. Esa sensación de sentirte desubicado, perdido, porque ese ya no es tu lugar, pero la ciudad en la que vives tampoco lo es, porque no tienes un lugar, porque todavía todo es temporal, porque tienes la incertidumbre de si en algún momento todo dejará de ser temporal.

El capítulo huele a John Hughes y sabe a lo mejor de la décadas siguientes, a “Beautiful Girls” o a “Solteros” y te deja un regustillo a “Garden State” y “Buscando un beso a media noche”.

Y Hannah, cierra a la perfección su viaje dando vueltas por el jardín mientras habla con Adam por teléfono, buscando lo único que tiene a lo que agarrarse, lo único que se parece a un hogar en ese momento, que es a ese capullo con el que se acuesta y que la trata bien una de cada cien veces. Porque un hogar no tiene por qué ser perfecto, cómo le ha quedado claro tras la escena con sus padres, un hogar ni siquiera tiene que ser bueno para uno mismo, simplemente tiene que estar ahí, esa es su cualidad principal, la certidumbre de su existencia para poder regresar a él.    

Solo sacaré un pero a este capítulo en el que casi todo encaja a la perfección, ese polvo imposible, irreal, de mentira, de cartón piedra, que Hannah echa con el farmacéutico. Esta es la parte que peor llevo de la serie. Por fin se muestra algo de diversidad corporal y se afronta la desnudez con naturalidad y los polvos siguen siendo igual de rancios que siempre.

Me encanta ver mujeres como Hannah pasearse desnudas en televisión, mujeres que no encajan en esos cánones de mierda, que diseñadores que odian a las mujeres y aman los trastornos alimenticios, tratan de imponer. Me encanta ver en este mismo capítulo a su madre superando los cincuenta con las tetas al aire y verle el pene a su padre ¡Por fin un hombre enseñando sus vergüenzas!

Entre mis amores de adolescencia ocupaba un lugar destacado Janeane Garofalo, bajita, con gafas, con la cara redonda, una mujer PRECIOSA con mayúsculas, que ya entonces no encajaba en los cánones mayoritarios de la industria audiovisual, pero tímidamente, parecía que algo estaba cambiando. Aunque lo que era peor todavía en ella y que seguramente más frenó su carrera, es que era inteligente, he aquí su mayor pecado. Hubo un momento en los noventa, en el que el Riot Grrrl avanzó pasos de gigante, en el que podían aparecer en la MTV grupos como las Breeders y Sleater Kinney (entre tantos otros poco o nada reivindicados hoy, de esto escribiré un artículo próximamente) hubo un momento en el que Blossom era la protagonista de la serie y no la amiga de la rubia noventa sesenta noventa y ese momento… Pasó, desapareció… O más bien, no interesó conservarlo, apoyarlo, potenciarlo. Y aquí estamos, en 2017 alegrándonos y dando gracias porque alguien ha reivindicado la belleza de ser como es, repito, en 2017. Me produce alegría y tristeza al mismo tiempo si lo veo en perspectiva, pero dejando a un lado los sentimientos encontrados, lo único que puedo decirle a Lena Dunham es: gracias.

Y acto seguido tengo que echarle la bronca por esos polvos de mentira y que se basan única y exclusivamente en la penetración, por aquí vamos mal, muy mal. En esta serie follan de la siguiente manera, te doy dos besitos y te la meto, fin. Quizá Hannah y compañía tienen un poder de lubricación y dilatación sobrehumanos en el caso de ellas y una erección constante en el caso de ellos, pero en el mundo real no se folla así. Bueno, ocasionalmente entre dos coches un sábado de madrugada sí se puede follar así, ¡pero no siempre! En una serie que apuesta por mostrar la sexualidad de una forma natural y real, debería haber un mínimo de compromiso didáctico y este brilla por su ausencia. Toda la verdad que aportan esos detalles como quitarse el condón al acabar o las constantes corridas de Adam fuera de cuadro, se diluyen en una sucesión de polvos falsos y heteronormativos sin atisbo del feminismo que aparece en el resto de la serie. Vaya, acabo de utilizar diluir y corrida en la misma frase, debería darle una vuelta a esta parte antes de publicar el artículo.    

Dejando a un lado los polvos, desde este punto hasta el final de la temporada la serie me atrapa. Los capítulos pasan a formar parte de mi memoria junto al de “Doctor en Alaska” sobre el anillo que al ponértelo veías el mundo como una película de Fellini y al de “A dos Metros Bajo Tierra” en el que la novia de una despedida de soltera se secciona la mitad de la cabeza con una señal de tráfico. La fiesta, Hannah y Adam enamorados, el peor trío de la historia donde Jessa se revela como una actriz interesante y Marnie está a la altura, todo por fin funciona, casi al cien por cien (y lo que no funciona, que son las partes de Shoshona, pasan rápido)  

Asisto encantado a la boda, a ese fracaso anunciado, al reflejo de estos tiempos en los que queremos y creemos en las soluciones rápidas y fáciles a los problemas difíciles. Al último capítulo de la temporada, donde sí se puede hablar de la sombra de Woody Allen, del bueno, no el de los últimos años, del que maneja el enredo como nadie, del que también haría que a Adam lo atropellara un coche como si fuera Buster Keaton. Hasta me apiado de Marnie por primera vez.

Y llega ese plano final de Hannah comiéndose la tarta frente al mar con las manos, chupándose los dedos, gritando sin decir una palabra “Esto es lo que hay ¡que le follen al mundo!”

La perfección absoluta, no se podría acabar más alto sin menos artificios.

Y ante este cierre redondo, mi pregunta para Isa es sencilla:

¿Merece la pena seguir o es mejor quedarse aquí?

Porque para mí la serie podría acabar aquí sin ningún problema. ¿Se puede estar a la altura de este final cinco temporadas más? ¿Por lo menos acercarse? Encima con la idea en el aire, casi aceptada por todos mis conocidos, de que el final es una soberana mierda.

Oh, Isa, ilumíname ¿Qué debo hacer?     

Así es como tendría que haber acabado este artículo, pero unos veinte minutos después de acabarlo estaba viendo el resto de temporadas, soy débil.

Como era de esperar, asistí a una montaña rusa de capítulos que van de lo mejor a lo peor sin descanso, exactamente igual que en la primera temporada.

Así que ahora puedo acabar hablando de “Girls” en su totalidad y la primera palabra que viene a mi mente es… Irregular. Lo cual me cabrea enormemente, porque hay capítulos tan buenos que se han ganado un lugar en la historia de la ficción. Toda la serie debería y podría haber estado a ese nivel, sin relleno, sin contenido que no va a ningún sitio ni aporta nada, muchas veces que no tiene ni sentido. Lena Dunham tiene talento de sobra y con otro productor a los mandos, estoy convencido de que “Girls” habría sido la mejor serie de las últimas décadas. Le debemos a Judd Apatow que todo esto haya sido posible, pero al mismo tiempo también es en parte el culpable de todo lo malo que tiene la serie. En su propia carrera, el encaje de secuencias sin unión ni sentido entre sí son la marca de la casa, su estilo es una sucesión de sketches en la mayoría de sus películas, así que su criterio no es muy fiable que digamos. Tengo la sensación de que Lena ha tenido libertad creativa para lo bueno y para lo malo y aquí es donde la figura de un productor en condiciones entra en juego. Hay decisiones y capítulos que tenían que haber ido a la basura por no llegar al nivel del resto, pero aquí no ha habido criba ninguna. Me imagino a Judd aplaudiendo cada nuevo borrador que le llegaba, incluso el de ese final lamentable, al que ya llegaré.

Como ya he dicho, hay capítulos que te llevan a los cielos, que son de lo mejor que he visto en mi vida, que son mejor que la última década de Woody Allen (estoy abusando mucho de esta comparativa, ya no volverá a salir, lo prometo)

Destaca sobre el resto el encuentro con el escritor en su casa, debería enseñarse en las escuelas de cine y más todavía en los institutos. Si Lena Dunham es la voz de su generación o no, solo lo podrá decir el tiempo, pero está claro que este capítulo sí refleja el estado de los roles de género en la sociedad actual. Y de nuevo, ese plano final en el que la calle se llena de mujeres, que han pasado o pasarán por situaciones de abuso, es poesía visual. Para mí este es el estándar de calidad que debería haber tenido toda la serie y que podría haber tenido.

Hay otros capítulos y momentos que siguen muy de cerca a este, algunos se han quedado en mi memoria, como el viaje al lago, donde por primera vez, aunque moribundo, veo al grupo de amigas como tal.

La pesadilla de regreso al piso tras Iowa. Esa cámara oscilante que le daba a todo un aspecto irreal de naufragio, las visitas fantasmagóricas de los personajes como en una historia Dickens, era un capítulo de auténtico terror Kafkiano en el que todo lo que conoces desaparece bajo tus pies. Solo deseaba que Hannah se despertara y todo hubiera sido una pesadilla, pero al mismo tiempo todo podía ser real, como acababa siendo aunque nadie queríamos que fuera así. Es una lección magistral de la medida justa para que algo esté entre lo real y lo irreal.    

El peso de la vida venciendo a Hannah con su T.O.C., Adam empapelando la calle para pedirle perdón al coche al que le gritó, el parto en la bañera, el fin de semana con el doctor y la revelación de que nadie quiere estar solo en este cochino mundo, la muerte de su abuela ¡el artículo de la farlopa! El…

Cada baile, cada baño compartido, cada borrachera, “Girls” nos ha dado grandes momentos y este idiota que escribe, se ha reído y ha llorado con esta panda de niñatas como si fuera uno más.

Irregular, ese es el problema. Capaz de lo mejor y de lo peor. Y de lo segundo hay cosas casi imperdonables.  

Japón. ¿Por qué?

Marnie yendo a vender coca con su ex como lo más normal del mundo, claro, todo muy lógico. Si no se respeta una mínima coherencia en los personajes acorde a lo que ya sabemos de ellos, pasan a ser monigotes o directamente gilipollas. Nada en ese capítulo tiene sentido, una cosa es que ella no vea la realidad cegada por lo que quiere y llegue a casarse con el cantautor de saldo y otra es que sea directamente ciega, que tenga que encontrar una jeringuilla para salir del agujero de yonquis en el que para empezar, Marnie nunca hubiera entrado, igual que nunca hubiera continuado de fiesta con el Charlie camello desde el principio. Además hay cierto sadismo en no dejar avanzar ni aprender nada a este personaje, en arrastrarlo hasta el final de la serie sin darle un respiro que se hace desagradable, su estupidez es tan excesiva en algunos momentos que no resulta real.

Y en el caso de Hannah, hacia el final de la serie el sinsentido de sus actos es casi ofensivo hacia el espectador. Ella vive con una enfermedad mental y tiene crisis al estar bajo presión, como por ejemplo cuando tiene que entregar un libro. Pero no cuando su novio la deja sin decírselo y mete en la que era su cama a su nueva novia o cuando se queda embarazada, claro claro, tiene mucho sentido.

Por no enumerar las miles de vías abiertas que no van a ningún sitio y la prisa por cerrar algunas de ellas hacia el final de la serie de formas ridículas, la aparición de la hermana desaparecida es de traca.

Esa facilidad de Hannah para convertirse en profesora de universidad sin haber cumplido los treinta, por escribir un blog y algún artículo en revistas online, tiene más ciencia ficción que “La Guerra de la Galaxias”. Esta es otra de las cosas que más me ha chirriado durante toda la serie, esta gente firma contratos discográficos y encuentra trabajos como no se veía desde “Al Salir de Clase”

Y llegamos al final, al terrible final, al falso final, porque el auténtico final sucede unos capítulos antes. Hannah se despide de Adam, llora la vida que pudieron tener y nunca tendrán (y yo lloro con ella es en esa cafetería) se va a su casa y sonríe tímidamente tirada en la cama, liberada de todo y de todos, preparada para lo que venga, con la determinación de que es capaz de ser madre sin necesidad de marido y hacer cualquier cosa que se le ponga delante ella sola.

Ese es el auténtico final, lo otro es innecesario, es una tomadura de pelo.

Vamos a ver, es que no sé ni por dónde empezar porque no hay por donde cogerlo. De que Marnie siga pegada a ella como una garrapata es mejor ni hablar.

No era necesario que Hannah fuera madre para que madurara, avanzara, aprendiera, cambiara, se realizara. El capítulo arranca con Hannah mirándose el ombligo en lugar de hacerle caso a su hijo y eso es genial, es fiel al espíritu del personaje, que tener un crío no la haga madurar es un acierto, dentro del error de guion de que tuviera que ser madre, pero un acierto. Además desmitifica la maternidad edulcorada que nos han vendido hasta ahora, me encanta que se muestre que la maternidad tiene más de infierno que de momento Disney, pero donde este arranque deriva es terrible. Todavía no puedo creer que “Girls” acabara con Hannah dando el pecho como una “buena madre” reduciéndolo todo a eso, a tener una conexión con su hijo a través de la lactancia que lo pone todo en su sitio, el final más convencional posible.

En este sentido, la serie “Malcom” pese a tener un tono completamente distinto al ser una Sit Com y pertenecer ya a otra época, tenía un capítulo magnífico en el que la agobiada madre de familia le decía llorando a su marido, ahogada por la culpa y la vergüenza, que no quería al bebé que acababa de tener. Entonces él estallaba en una carcajada y trataba de tranquilizarla; a sus anteriores hijos no había empezado a quererlos hasta que tenían más años, porque los niños son insoportables, porque la maternidad es un horror, porque uno de ellos le destrozaba los pezones, porque otro no les dejaba dormir, porque etcétera etcétera. Pero desde el último hijo, se le había olvidado lo malo. Es una de las primeras veces que recuerdo haber visto en televisión la idea de que la madre tiene derecho a no anteponer al niño frente a todos los aspectos de su vida, en lugar de aguantarse, tragar y no quejarse porque sino es una “mala madre”. Larga vida a las “malas madres”. La idea de que Hannah tiene un futuro prometedor como mujer porque ha conseguido que su hijo agarre la teta y ese es su foco vital de equilibrio, me mata.  

En esta obsesión por la lactancia que vivo ahora mismo con todas las mujeres de mi entorno, se está aceptando la idea de que si no das el pecho a tu hijo hasta los quince años eres una mala madre. Vamos a ver, que tu hijo no quiera el pecho, no te convierte en una mala madre, porque dar el pecho, no es lo primordial que te convierte en una buena madre. Que sí, que las defensas, los beneficios del pecho y todo eso, no le quito importancia, pero repitamos por si acaso: Dar el pecho, no te convierte en una buena madre.

Y añadamos un matiz para cerrar la cuestión: No dar el pecho, no te convierte en una mala madre.

Quedémonos con el verdadero final y esa sonrisa que contaba todo lo que había que contar.

Una serie irregular, capaz de lo mejor y de lo peor, sin espacio para el término medio. Dicen innumerables canciones, novelas y demás expresiones artísticas realizadas por seres humanos más inteligentes que yo, que la juventud es ese periodo de la vida en el que todo es terrible, una gran tragedia o todo es maravilloso, el júbilo máximo, no hay zonas grises. Así es “Girls” y o la odias o la amas, pese a todo, yo la he acabado amando. Aunque espero con impaciencia que pasen los años para ver “Women” y mientras tanto, estaré atento a lo que haga Lena.

Ah, sí, Isa… si has leído este artículo caótico y larguísimo hasta el final quizá te estés preguntando ¿De qué demonios iba esto? Pues en mi cabeza había una suerte de idea de metalenguaje, quería escribir un texto irregular que transmitiera el espíritu de la serie a través de la rememoración de las sensaciones que me produjo verla. Casi nada. Una idea pretenciosa y sin mucho sentido, pero si hay algo de lo que trata “Girls” es del narcisismo y en este artículo en el que de lo que menos se habla al final es de la serie y demasiado de mis pajas mentales, mucho narcisismo sí que hay.

Vamos, que no sé cómo cerrarlo, un poco como Lena con la serie.    

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Lo que sonaba mientras escribía: